“Afrodita se levanta del diván y ahora inclino la cabeza, pero oigo el roce de su túnica de seda, incluso la suave fricción de sus suaves muslos blancos frotándose levemente mientras se aproxima; puedo oler el aroma a perfume y hembra limpia mientras permanece tan cerca. Había olvidado por un momento lo alta que es una diosa, pero me acuerdo de nuestras respectivas alturas cuando se alza sobre mí, sus pechos a centímetros de mi cabeza gacha. Por un instante debo combatir la necesidad de enterrar mi cara en el valle perfumado entre esos pechos, y aunque sé bien que eso sería mi último acto antes de una muerte violenta, sospecho en ese momento que bien merecería la pena.”